Comparto en el consenso de que la narrativa cinematográfica y la literaria gozan de naturalezas propias, que construyen sus ficciones priorizando según sus recursos; asisto a la consigna de no pretender mirar con el mismo visor la película y el libro. Sin embargo, si bien es cierto que se gestan en planos distintos, también lo es que comparten, particularmente en las adaptaciones a guión fílmico, mucho más que la idea. Es conocido que no existen formulas universales para adaptar letras a imágenes; en ese proceso, influyen aspectos como los objetivos de la industria cinematográfica, del equipo creativo, la trascendencia de la obra, las expectativas de las audiencias, entre mucho otros.

Habrá, entonces, adaptaciones con mayor libertad que otras; tal vez, en el afán por alinearse al texto se volverán rígidas algunas metáforas que para el lector fueron etéreas; o, en la lucha por su autonomía creativa, la película difumine los indicios del libro en aras de una nueva historia. El resultado fílmico, seguramente, responderá a los índices de calidad al que sea sometidos: afinidades o aversiones, al fin y al cabo. De cualquier forma, y a sabiendas de que algo en mí parte de la certeza de que el visor cambia la lente -esto aunado a todo lo anterior- ya puedo confesar que bajo ningún pretexto logré aislar Norwegian Wood. Tokio Blues (Haruki Murakami, 1987) de la videncia de Norwegian Wood (Anh Hung Tran, 2010).

La versión cinematográfica de Norwegian Wood coincide en la sinopsis del libro, en términos generales. Un joven, Toru Watanabe, comparte una profunda amistad con Kizuki y, un tanto por añadidura, con la novia de éste, Naoko. Tras el suicidio de Kizuki, Toru y Naoko se sumergen en una atmósfera de duelo y nostalgia, plagada de un inminente erotismo y un aliento casi sobrenatural, constante en la obra de Murakami. Los personajes que giran, de alguna u otra manera, alrededor de esta historia son extraordinariamente complejos y, gracias a ello, con facilidad consiguen zafarse de la etiqueta de secundario. Quizá aquí resida la sensación de ausencia que apareció luego de ver la película.

 

Los aspectos de la obra que la película destaca son acertados en función de la historia que se pretende contar; es decir, la del vínculo post mortem entre Toru, Kizuki y Naoko; y, claro, todos los demás. Sin embargo, la participación de los demás queda pendiente siempre; como si sus acciones, aunque evidentemente determinantes en la historia a contar, hubieran sido expuestas en una secuencia que fue cortada al editar. He leído y escuchado las opiniones de quienes, sin haber leído el libro, se han acercado a la película; en su mayoría subrayan la fotografía –a cargo de Ping Bin Lee-, los colores, la tesitura del frío y el retrato del viento en imágenes; además, de la ambientación de la efervescencia de los años sesenta digna de mencionar, así como la música de Jonny Greenwood, quien forma parte de Radiohead y cuya sonorización recrea el vacío emocional que la imagen ya mostraba.

 

Quedan satisfechos con el relato de Anh Hung Tran, y me parece justo; es sólo que la belleza solitaria de Midori Kobayashi y sus ideas del amor, el pasado increíblemente erótico y doloroso de la maestra de música, Reiko Ishida, y su exilio a las montañas, la estoica necesidad de permanencia de Hatsumi, el poder y El Gran Gatsby, todo en conjunto es un rumor en la pantalla, un rumor lejano como el eco de hace tiempo. Existe una secuencia en la película en la que, particularmente, es posible percibirlo. Sabrán cuando la hayan visto, sin es que no lo han hecho, de qué hablo y tal vez estén de acuerdo conmigo.

 

 

Alargué el brazo e intenté tocarla, pero ella se echó hacia atrás. Los labios le temblaban. A continuación, alzó las dos manos y empezó a desabrocharse la bata. Tenía siete botones. Contemplé, cual si fuera una prolongación del sueño cómo sus hermosos y delgados dedos iban desabrochándolos, uno tras otro. Una vez hubo soltado los siete pequeños botones blancos, Naoko, como una serpiente que se desprende de su piel, dejó que la bata se deslizara desde los hombros hasta la cadera y quedó completamente desnuda, pues no llevaba nada abajo. Lo único que tenía puesto era el pasador con forma de mariposa. Naoko, todavía arrodillada en el suelo, se quedó mirándome. Bañado por la suave luz de la luna, su cuerpo tenía el lustre de la carne recién nacida, y casi despertaba compasión. Al moverse –en un movimiento apenas perceptible-, las partes bañadas por la luz de la luna cambiaron de forma. Norwegian Wood. Tokio Blues (Haruki Murakami, 1987)

La secuencia de la que escribo intenta retratar el anterior fragmento de texto. Puedo estar equivocada, pero ojalá pudieran decirme si ustedes sintieron en aquello a Naoko como una serpiente que se desprende de su piel. En fin, cualquiera que sea el resultado, es una película que no deberían perderse, con o sin el libro sobre el regazo; aunque, sin duda, recomiendo lo segundo, de no ser así estarían obviando la lectura de un gran libro.

 

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Acá el trailer: