En mi experiencia con vampiros he podido aprender que, pese a que varían en particularidades propias del mito de origen, coinciden en que siempre están sedientos, enamorados y atormentados. Su naturaleza inmortal y malvada los exime del tiempo y justicia humana; sin embargo, en cada una de sus múltiples representaciones, el vampiro exacerba nuestros deseos y miedos más profundos: la libertad del todo se vale, el desprecio por las leyes, las convenciones sociales y el conocimiento adquirido del bien y del mal.

Los vampiros son, como otros monstruos y ficciones, la posibilidad de concretar un receptáculo para todo aquello que no somos, que creemos no ser, que nos aterroriza porque de igual manera lo deseamos. Podrían, entonces, develar también racismo y discriminación, convirtiéndolo al vampiro en un out sider, a veces amenazante, a veces envidiable. Bajo este velo de aparente permisibilidad, Alan Ball, -guionista de American Beauty (1999) y creador de Six Feet Under (2001-2005), en 2008 lanzó con la cadena de televisión HBO, la serie de vampiros True Blood: una divertida mezcla entre amor verdadero, soft porno y un leve toque de gore, que el próximo 26 de junio estrena su cuarta temporada.

True Blood –basada en los libros The Southern Vampire Mysteries- relata un tiempo en el que los vampiros politizados salen a la luz (no del sol pero sí de los medios) y exigen igualdad de derechos argumentando ser sociales e inofensivos; esto, gracias a que se alimentan de un suplemento de sangre y, supuestamente, nunca más de humanos. La historia se desarrolla al sur de los Estados Unidos, en un pueblo perdido llamado Bon Temps; en él, una mesera telépata, Sookie Stackhouse, encontrará el amor y un sinfín de problemas en los brazos del vampiro Bill Compton, un verdadero caballero que busca recuperar su humanidad perdida.

Una serie de asesinatos de mujeres relacionadas con vampiros vincula al pueblo con la Liga Americana de Vampiros y con su contra parte, la Comunidad del Sol –asociación religiosa que promueve la extinción de los vampiros-. Además, al abrirse la puerta de lo extraño, también entran a la trama otras criaturas igualmente perturbadoras: ménades, hombres lobos, metamorfos, hechiceros y hadas.

 


Con True blood es difícil mantenerse neutral: amor u odio, no hay para ella un limbo reparador. Las razones para odiarla seguro son muchas y variadas: lo grotesco, el humor negro, los excesos genéricos y la ridiculización evidente de humanos y no humanos, entre otras. Lo cierto, es que para amarla basta con no creer que Alan Ball intentó reinventar al vampiro sino procurar un poco de diversión.

True blood es un juego que no es comedia, ni drama ni, muchos menos, terror. Sin embargo, bajo la línea y más allá de las relaciones sentimentales entre humanos y vampiros, retrata el equilibrio de la convivencia entre lo natural y lo sobrenatural –nosotros y los otros- y se convierte en una cadena de hechos eslabonados que ceden y tensionan. El fanatismo, el miedo desmedido, el poder, el ansia por sobrevivir y al paralelo colonizar lo ajeno y lo propio, es la masa que, finalmente, une el núcleo en el que se encuentra la diferencia entre humanos y vampiros.

Debe ser que las ciudades híbridas habitadas por (post)humanos orgánicos o inorgánicos me encantan; o que el laboratorio social de Alan Ball con sujetos sobrenaturales e inconformes humanos pasa de secuencias cómicas a golpear la cara con tragedia y drama; no lo sé, pero después de haber visto las primeras temporadas, sé que estaré feliz de volver a Bon Temps.

Acá el intro:

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